Cuando el sabor se convierte en estrategia de marca

Mesa de trabajo con bocetos de diseño de pastelería, frasco de perfume, muestras de color en tonos melocotón, pétalos de flor y un petit gâteau terminado sobre superficie de mármol

Durante décadas, las marcas construyeron su identidad principalmente a través de lo visual. Logotipos, colores, tipografías, espacios comerciales y campañas publicitarias se convirtieron en las herramientas habituales para generar reconocimiento y diferenciación.

Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a desarrollarse una tendencia interesante: marcas cuya actividad no tiene ninguna relación con la alimentación están incorporando experiencias gastronómicas como parte de su estrategia de comunicación.

Los ejemplos son cada vez más visibles. Dior integra propuestas gastronómicas en varios de sus espacios alrededor del mundo, donde cada detalle de la oferta —desde la estética del plato hasta la selección de ingredientes— responde a los códigos visuales y narrativos de la casa. Prada, por su parte, adquirió la pastelería histórica Marchesi 1824 en Milán y la ha convertido en una extensión natural de su universo de marca, donde la tradición repostera italiana convive con la identidad estética de la firma. No se trata de acciones puntuales: son decisiones estratégicas sostenidas en el tiempo.

La razón es sencilla. La experiencia gastronómica permite interactuar con un público de una forma diferente a la publicidad tradicional. Mientras una imagen se observa y un mensaje se escucha, una experiencia gastronómica se vive. Requiere tiempo, participación y presencia.

Además, el sabor tiene una capacidad singular para generar recuerdo. Las personas pueden olvidar una campaña, un escaparate o una acción promocional concreta. Sin embargo, es mucho más habitual recordar una experiencia completa asociada a un lugar, una atmósfera o un producto que se ha degustado.

Por ese motivo, cada vez más marcas entienden la gastronomía como una extensión de su identidad. No se trata de abrir un restaurante ni de competir con profesionales del sector. Se trata de traducir los valores de una marca a un lenguaje diferente.

Una propuesta gastronómica bien diseñada puede transmitir sofisticación, cercanía, innovación, sostenibilidad o exclusividad con la misma eficacia que una campaña visual. En algunos casos, incluso con mayor profundidad.

La clave está en que la gastronomía no actúe como un elemento decorativo. Cuando la experiencia tiene sentido y está alineada con la identidad de la marca, el resultado deja de ser una simple acción promocional para convertirse en una herramienta de construcción de marca.

Y pocas herramientas son tan eficaces para hacerlo como una experiencia que involucra todos los sentidos, incluido uno que durante mucho tiempo permaneció fuera de las estrategias de comunicación: el gusto.

Es precisamente en ese punto donde el diseño de experiencias gastronómicas para marcas cobra sentido como disciplina profesional. Traducir la identidad de una marca en una propuesta comestible coherente requiere entender tanto los códigos del branding como los de la gastronomía. Eso es lo que hago a través de Sabores con Firma.