El impacto invisible de lo viral

Móvil en el centro de un vórtice con palabras como social media, influencer y creator economy en tonos dorados sobre fondo oscuro

En diciembre de 2023, una influencer publicó un vídeo en TikTok. Partía una tableta de chocolate, dejaba ver un relleno verde intenso de crema de pistacho y kadayif, y la cámara captaba el crujido. Treinta segundos. Millones de visualizaciones. Y un producto que pasó de ser un capricho de nicho a convertirse en un objeto de deseo global.

El chocolate Dubái no era nuevo. Había sido creado años antes por Sarah Hamouda en Emiratos y llevaba tiempo encontrando su público. Pero todo cambió cuando apareció en una pantalla y el algoritmo hizo el resto.

Lo que ocurrió después es un ejemplo perfecto de cómo funcionan hoy las tendencias. No fue un crecimiento gradual ni una demanda que aumentó porque un producto demostrara su valor con el tiempo. Fue un estallido. Millones de personas queriendo lo mismo, al mismo tiempo, por la misma razón: porque lo habían visto.

Y ahí es donde la historia deja de ser sobre el chocolate. Porque detrás de aquella tableta había un ingrediente real: el pistacho. Y los ingredientes reales no se viralizan. Se cultivan, se cosechan y se procesan.

El pistacho no tiene algoritmo. Necesita años para producir una cosecha significativa. Necesita clima, agua, suelo y tiempo. Mucho tiempo. Y, de pronto, una demanda global apareció casi de la noche a la mañana.

Los precios subieron, las cadenas de suministro se tensaron y quienes llevaban años trabajando con este ingrediente tuvieron que adaptarse a una situación que no había nacido de una necesidad del mercado, sino de una tendencia viral.

Y aquí es donde la reflexión se vuelve interesante.

El problema no es que un producto se ponga de moda. Las modas siempre han existido. El problema es la velocidad. La velocidad a la que millones de personas deciden que quieren algo. La velocidad a la que la industria intenta responder. Y la velocidad a la que esa misma atención desaparece cuando llega la siguiente novedad.

Mientras tanto, los cultivos siguen necesitando años para crecer. Los productores siguen tomando decisiones a largo plazo. Y los profesionales que trabajan con esos ingredientes siguen afrontando las consecuencias mucho después de que la tendencia haya desaparecido de las redes.

Por eso esta no es una historia sobre el pistacho. Es una historia sobre el contraste entre dos tiempos que cada vez parecen más difíciles de reconciliar: el tiempo de los algoritmos y el tiempo de los alimentos. Uno se mide en segundos. El otro, en años. Y cuando ambos chocan, alguien acaba pagando el coste de la prisa.

La próxima vez que algo se vuelva viral de la noche a la mañana, quizá valga la pena mirar un poco más allá de la pantalla y preguntarse qué ocurre detrás. Porque detrás de cada ingrediente hay personas, cultivos, decisiones y tiempo. Mucho tiempo.

Y ese tiempo no puede acelerarse con un clic.

En diciembre de 2023, una influencer publicó un vídeo en TikTok. Partía una tableta de chocolate, dejaba ver un relleno verde intenso de crema de pistacho y kadayif, y la cámara captaba el crujido. Treinta segundos. Millones de visualizaciones. Y un producto que pasó de ser un capricho de nicho a convertirse en un objeto de deseo global.

El chocolate Dubái no era nuevo. Había sido creado años antes por Sarah Hamouda en Emiratos y llevaba tiempo encontrando su público. Pero todo cambió cuando apareció en una pantalla y el algoritmo hizo el resto.

Lo que ocurrió después es un ejemplo perfecto de cómo funcionan hoy las tendencias. No fue un crecimiento gradual ni una demanda que aumentó porque un producto demostrara su valor con el tiempo. Fue un estallido. Millones de personas queriendo lo mismo, al mismo tiempo, por la misma razón: porque lo habían visto.

Y ahí es donde la historia deja de ser sobre el chocolate. Porque detrás de aquella tableta había un ingrediente real: el pistacho. Y los ingredientes reales no se viralizan. Se cultivan, se cosechan y se procesan.

El pistacho no tiene algoritmo. Necesita años para producir una cosecha significativa. Necesita clima, agua, suelo y tiempo. Mucho tiempo. Y, de pronto, una demanda global apareció casi de la noche a la mañana.

Los precios subieron, las cadenas de suministro se tensaron y quienes llevaban años trabajando con este ingrediente tuvieron que adaptarse a una situación que no había nacido de una necesidad del mercado, sino de una tendencia viral.

Y aquí es donde la reflexión se vuelve interesante.

El problema no es que un producto se ponga de moda. Las modas siempre han existido. El problema es la velocidad. La velocidad a la que millones de personas deciden que quieren algo. La velocidad a la que la industria intenta responder. Y la velocidad a la que esa misma atención desaparece cuando llega la siguiente novedad.

Mientras tanto, los cultivos siguen necesitando años para crecer. Los productores siguen tomando decisiones a largo plazo. Y los profesionales que trabajan con esos ingredientes siguen afrontando las consecuencias mucho después de que la tendencia haya desaparecido de las redes.

Por eso esta no es una historia sobre el pistacho. Es una historia sobre el contraste entre dos tiempos que cada vez parecen más difíciles de reconciliar: el tiempo de los algoritmos y el tiempo de los alimentos. Uno se mide en segundos. El otro, en años. Y cuando ambos chocan, alguien acaba pagando el coste de la prisa.

La próxima vez que algo se vuelva viral de la noche a la mañana, quizá valga la pena mirar un poco más allá de la pantalla y preguntarse qué ocurre detrás. Porque detrás de cada ingrediente hay personas, cultivos, decisiones y tiempo. Mucho tiempo.

Y ese tiempo no puede acelerarse con un clic.